martes, 2 de septiembre de 2014

Lihn

Se condenó escribiendo, dijo de sí mismo Enrique Lihn

Enrique-Lihn 2

Recopilación Erika Henchoz

erikahenchoz@gmail.com
Lúcido. De una vastísima cultura. Lihn es, para poetas y escritores (tan urgentes para nosotros, los más mortales), el maestro de la poesía, aunque se reconociese como un insatisfecho en cuanto a su producción literaria. Podría decirse de Lihn:  sí, cada ‘poeta’ con su tema, y es que desde su siempre crecido mar de noches relampagueantes, supo replantearse  la vida y  la muerte desde la prosa y la poesía. Su frase, ‘Pruebo, con frialdad, el gusto de la muerte… habla de su visión escéptica y también ácida -una al lado de la otra- de manera indivisible.
“Escribir hacía de él un ser en permanente reflexión, análisis e indagación de los aspectos más profundos y esenciales de su propia existencia, de la colectiva y del llamado “yo psico-literario”, como lo expresó Pablo Poblete en una entrevista que le hizo a Enrique poquísimos meses antes de su muerte.
Poblete  lo entrevistó sobre diversos puntos de vista del ejercicio de la crítica literaria y la escritura, teorizando junto a él mucha de su obra publicada y otra en revisión.
“A pesar de estar consciente de que su enfermedad era más fuerte que su digno combate por vivir, revela una notable juventud poética a través de su incansable curiosidad creativa”, escribió Poblete.
Con esa palabra desnuda altisonante y en guerra que le caracteriza  y sin que nada quedase en él por decir, Enrique Lihn pronuncia sin vacilación:
¿Porqué escribí? Ahora que quizás, en un año de calma, / piense: la poesía me sirvió para esto: / no pude ser feliz, ello me fue negado, / pero escribí. / Escribí: fuí la víctima / de la mendicidad y el orgullo mezclados / y ajusticié también a unos pocos lectores; / tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto; / una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies. / Pero escribí: tuve esta rara certeza, / la ilusión de tener el mundo entre las manos / ¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco / con toda su crueldad innecesaria / Escribí, mi escritura fue como la maleza / de flores ácimas pero flores en fin, / el pan de cada día de las tierras eriazas: / una caparazón de espinas y raíces / De la vida tomé todas estas palabras / como un niño oropel, guijarros junto al río: / las cosas de una magia, perfectamente inútiles / pero que siempre vuelven a renovar su encanto. / La especie de locura con que vuela un anciano /detrás de las palomas imitándolas/ me fue dada en lugar de servir para algo. / Me condené escribiendo a que todos dudarán /de mi existencia real, / (días de mi escritura, solar del extranjero). / Todos los que sirvieron y los que fueron servidos /digo que pasarán porque escribí /y hacerlo significa trabajar con la muerte / codo a codo, robarle unos cuantos secretos. / En su origen el río es una veta de agua /allí, por un momento, siquiera, en esa/ altura / luego, al final, un mar que nadie ve / de los que están braceándose la vida./ Porque escribí fui un odio vergonzante, / pero el mar forma parte de mi escritura misma: / línea de la rompiente en que un verso se espuma / yo puedo reiterar la poesía. / Estuve enfermo, sin lugar a dudas / y no sólo de insomnio, /también de ideas fijas que me hicieron leer / con obscena atención a unos cuantos psicólogos, / pero escribí y el crimen fue menor, / lo pagué verso a verso hasta escribirlo, / porque de la palabra que se ajusta al abismo / surge un poco de oscura inteligencia / y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados. / Porque escribí no estuve en casa del verdugo / ni me dejé llevar por el amor a Dios /ni acepté que los hombres fueran dioses/ ni me hice desear como escribiente/ ni la pobreza me pareció atroz / ni el poder una cosa deseable / ni me lavé ni me ensucié las manos / ni fueron vírgenes mis mejores amigas /ni tuve como amigo a un fariseo / ni a pesar de la cólera / quise desbaratar a mi enemigo. / Pero escribí y me muero por mi cuenta, / porque escribí porque escribí estoy vivo.

Escritor de géneros, sin fronteras

Lihn nació un 3 de setiembre de 1929.  Tenía 59 años cuando falleció víctima de un cáncer pulmonar, en 1988. “Hombre polifacético, era, además de poeta, dibujante, locutor de radio, dramaturgo, actor, pintor, profesor y columnista de periódicos y revistas. En Santiago, junto al poeta Nicanor Parra, creó el Instituto de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile, donde se ganaba la vida como profesor”, citan sobre Lihn.
“En el año ’64 publiqué, dice Lihn,  un libro de cuentos y seguí escribiendo muchos textos en prosa, novelas que quedaron inconclusas por razones que tenían que ver con el hecho de que los escritores de mi generación eran casi todos prosistas y hacían un tipo de literatura con la que yo me sentía comprometido y que era un obstáculo, en realidad, para hacer lo que yo quería hacer durante un tiempo. Así, es que para mí son campos colindantes que recorro.
Respeto las fronteras, pero paso de un lado a otro, como un mercader que trae cosas de aquí para allá, y creo que hay cosas que son transportables, que se pueden pasar, pero otras no. No se puede hacer un cuento poético porque es una lata, ni una poesía narrativa, puramente narrativa, porque no tiene sentido; son procedimientos distintos pero sí se puede “mercar” entre esos campos. Siento que eso es lo que hago; podría pensar en algún momento en considerar que soy un escritor y varios autores, por ejemplo, lo que pensaba Pessoa cuando creó sus heterónimos, las distintas personalidades de un escritor, pero quizás, también sería una pretensión, ¿verdad?  Para mí es igualmente fácil en un momento trabajar en una cantera u otra, eso depende de lo que quiera hacer”.
Pregunta Poblete a Enrique: como poeta, ¿cuál es tu relación con la muerte?
“Bueno, diría, obsesiva y exorcista. Yo le he dado espacio en lo imaginario a la muerte, como una manera aparente o supuesta de mantenerla “a raya”, o de inmiscuirla en la vida, pero ha sido excesivo, por lo que me doy cuenta. Cuando he tenido una experiencia más cercana con la muerte, esa obsesión tanática me parece literaria. .. Cuando uno está pensando en la muerte, para los psicoanalistas de la escuela freudiana, la obsesión de la muerte es una cuestión erótica. Son otros problemas los que se ventilan con la obsesión de la muerte. A mí me interesa ese punto de vista; no sé qué desarrollo ha tenido, pero la obsesión de la muerte tiene que ver con asuntos que se relacionan con la vida y, bueno, toca la casualidad tanático-erótica que se dan las dos cosas simultáneamente. Si existe alguna diferencia entre experiencia vital y escritura, yo diría que esa diferencia, en mi caso, se cancela de alguna manera, porque hay una correspondencia también entre las dos cosas, la relación tanático-erótica, la dificultad para establecerse en la tierra residencialmente, una dificultad para quedarse allí bien instalados, una cuestión de ruptura en el sentido del desgarro en las relaciones humanas que corresponde, me parece a mí, a la escritura, en ese aspecto…”
Entre los amigos más queridos del poeta, estuvo Antonio Cisneros quien lo a través de un artículo publicado en el diario El país, de España.
“Domingo 10 de julio, 1988. La misma tarde que llegué al aeropuerto de Santiago de Chile fue la última tarde de Enrique Lihn sobre la tierra. Ese aire fresco, seco y con olor a pinos de Pudahuel, era el aire que ahora la vida le negaba a Enrique, agonizante y noble. Murió en su ley. Se negó a la abusiva oferta de una extremaunción, rito que deslucía con su fecunda y bien llevada vida atea y laica. Tampoco aceptó las benevolentes drogas que adormecen el alma en el último instante.
Quiso enfrentarse a la muerte, lúcido, como los marineros en alta mar y los hombres de bien. Rodeado por las muchachas y los muchachos que fueron, sintió cada uno de los pasos de gato, leves, inexorables, dolorosos, del cáncer terminal. Poco antes de su última hora, entró en un delirio en el que aparecía rodeado de espejos. Luego le sobrevino una febril, no desgarrada, preocupación por los tantos proyectos inconclusos. Entonces se durmió.
Ese rostro apacible, casi beatífico, contrastaba con el aire hosco (sólo el aire) que lo acompañó en los 59 años de su vida. Algunos amigos solían decir que Enrique no usaba loción de afeitar sino vinagre. Rezongón, bufando contraviento y marea. Incómodo con el mundo y, sobre todo, con su propia persona.
Creador incansable. Perfeccionista. Poeta, narrador, dibujante, crítico, dramaturgo. Jamás se recostó en las certezas ni en los lechos de rosas. Socialista, apoyó la experiencia de Allende, pero nunca convino con las sectas o dogmas (que también existieron). Y no fue del poder. Y en estos años de la dictadura, refundado más que nunca, sobrevivió en el exilio interno sin aceptar (ni por error) las prebendas o el beneficio de la vista gorda del clan de Pinochet.
¡Yo lo conocí bien y mucho! Desde hace ya 24 años. Yo lo quería y creo que él a mí. Santiago, La Habana, Nueva York, París, varias veces en Lima. Enrique tenía una curiosa vocación peruana. La Estación de los Desamparados es un poemario que habla del Perú. Sabía de nosotros como pocos. Su alma marginal bien se llevaba con esta realidad de marginales (…).
Con sus ojos rojos de carnero, su melena revuelta, su boca inmensa, pensaba sentar sus reales en la caleta de Huanchaco, entre los cebiches y los caballos de mar.
En el cementerio de Santiago le despidieron casi doscientas personas. Ningún discurso oficial. Ni de la oposición ni del Gobierno. Un par de amigos tomaron la palabra. Nada solemne, que no sea el mismo hecho de la muerte. Las olas de Huanchaco, en el norte del Perú, golpean contra una playa inmensa y vacía”.

Otros datos sobre su vida y obra

Nace en Santiago de Chile en 1929. Realizó sus estudios básicos en el Saint George College, posteriormente en el Colegio Alemán y en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile.
Lihn fue miembro de la generación del 50, inició muy joven la carrera literaria. Fue profesor del Departamento Humanístico de la Universidad de Chile y en 1965 viajó a Paris gracias a una beca de Museología de la UNESCO.
Vivió en Cuba y EE.UU., donde recibió la beca Guggenheim, en 1978.
Entre sus libros de poesía destacan: Nada se Escurre en 1949, Poemas de este tiempo y de otro en 1955, Poesía de paso en 1966, Situación Irregular en 1977,  A partir de Manhattan en 1979, El Paseo Ahumada en 1983 y Diario de la muerte en 1989.
Entre sus galardones sobresalen el Premio Municipal de Poesía 1970 por su obra La musiquilla de las pobres esferas y el Premio Casa de las Américas de Cuba por su obra Poesía de paso en 1966. Falleció en 1988.

Monólogo del viejo con la muerte.

https://www.youtube.com/watch?v=YDSgfYeMaR0

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