jueves, 7 de agosto de 2014

Apollinaire

¡Cómo la vida es lenta y la esperanza violenta! al decir de Apollinaire

Guillaume Apollinaire

Selección por Erika Henchoz

Apollinaire pasó a la historia de la literatura universal como uno de los poetas más lúcidos, audaces y renovadores de todos los tiempos. Fue columnista en “Mercure de France” y en 1903  fundó “La revue inmoraliste”.  Amigo de importantes escritores y pintores de la época, fue gran impulsor del cubismo y el surrealismo, aportando obras  célebres como”Caligramas”,  “Alcoholes” y “Zona”  que influyeron notablemente en las generaciones posteriores. Obtuvo la nacionalidad francesa y se alistó como voluntario en la primera guerra mundial. En 1916 fue herido de gravedad, falleciendo dos años más tarde.
Tan contundente ha sido descubrir lo que dicen de él -conocidos y biógrafos- que por primera vez esta síntesis se presenta acá con párrafos completos tomados de sitios diversos para ofrecer lo que reflejan en cuanto a su personalidad, el estilo y anécdotas de sus  38 años de vida.
Apollinaire fue, aparte de poeta, novelista y ensayista y crítico de arte. Su amistad con Picasso trajo a sí múltiples acontecimientos como parte de la gran amistad que tuvieron.
Se dice que Guillaume Apollinaire descubrió algo más grande que un simple “estremecimiento nuevo”: un nuevo mundo de poesía. Dio tono a su época, lo  mismo que en las letras hispánicas lo diera Rubén Darío a la primera década del siglo.
Muchas de las referencias acá señaladas son de su amigo el novelista Andrés Billy.
En su libro Apollinaire vivo, Billy asienta esta verdad que nadie ha rebatido porque nadie podría rebatirla sin errar: “Revivificó la poesía moderna empapándola en las fuentes primitivas del lirismo. Ejerció sobre las artes tal influencia que, después de su desaparición… la pintura busca en vano el sentido de su propia dirección”. Apolllinaire reformó la poesía y la pintura. otras cosas hubiera reformado, sin duda,  de no haber muerto poco después de cumplidos los 38 años.
“Cierta noche, al mediar la segunda semana de noviembre de 1918, encontré en  la Y.M.C.A., donde ambos habitábamos, al director del Boletín Financiero y Minero de México, quien solía firmar en su diario artículos sobre asuntos bursátiles con el seudónimo de Kostro, apócope de su apellido. Se llamaba Alberto  Kostrowitzky. Como vistiera de luto me interese por su duelo, y me respondió: -He  recibido la noticia de la muerte de mi hermano. Era uno de los más grandes poetas de Francia…”
Su acta de nacimiento sólo indica el apellido de su madre, de nacionalidad rusa, cuya familia era oriunda del castillo de Wawel, en Cracovia, la vieja ciudad de la Polonia austriaca. El abuelo del poeta fue un general polaco; ese abolengo explica quizás el entusiasmo de niño por el juguete nuevo que mostró al estallar la guerra.

Nace en 1880 y muere en 1918

Apollinaire nació en Roma el 26 de agosto de 1880 y fue bautizado en la basílica de San Pedro. Algunos años después su madre se trasladó a Mónaco,  y más tarde a Cannes y a Niza, en donde  sus dos hijos Alberto y Guillermo, estudiaron en el liceo o escuela preparatoria. En Mónaco, Apollinaire  fue alumno interno en el  colegio de San Carlos, dirigido por religiosos.
De su educación religiosa conservó el poeta un fondo de misticismo, y quizás pueda verse en ella  el origen del “gusto  por la batalla teológica” que inspira algunos de los originalísimos cuentos del Heresiarca y Cía.
Apollinaire escribió sus primeros versos a los trece años. Comenzó firmándolos con el seudónimo de Guillermo Macabro, pero poco después adoptó el que había de inmortalizar. Sin embargo, hay  poemas suyos firmados por Wilhelm Kostrowitzky.  Marca la obra de sus comienzos la influencia de Rimbaud, “de quien, dice el poeta Luis Thomas,  guardará siempre el ardor e ímpetu de la imagen”.
Empezó su juventud viajando. No es posible seguirle en sus peregrinaciones, mal conocidas. Llegó a París en 1898 y ganó difícilmente su pan durante varios años. Una estancia en Loyd la empleó en “inmensas lecturas”. En 1902 estuvo en Bohemia,  como revela en la primera línea de su cuento El  pasante de Praga, con que comienza el libro antes citado. Ese viaje,  que le llevó además por Walonia,  Renania y Baviera -en donde fue durante algún tiempo modesto preceptor- le inspiró parte de los mencionados cuentos. Pretendía haber viajado a pie y sin dinero, y contaba que en Praga durante dos días  no comió más que un queso camembert.
Sus amigos insisten, sobre todo,  en su particular don de simpatía. ¡Grande debió ser para dejar en torno a su  memoria tanto fervor ! Es siempre muy difícil  precisar en qué consiste esa misteriosa atracción que ejercen ciertos caracteres.
De Apollinaire trata de explicarlo el crítico Marcelo Hiver.
“Primeramente, dice,  un aire grande, calmoso, seguro de sí mismo,  un acento particular, una sonrisa de indefinible  gracia y un no sé qué  distante a pesar  de la cortesía;  después, su arte de las conversaciones estimulantes, inquietantes, la atrayente frialdad de su espíritu ágil y variado, sus  dotes de extraordinario equilibrista intelectual, y quizás algo, en fin,  del famoso “encanto eslavo”.
El poeta Juan  Royére completa la explicación:
“Había  conservado todo el frescor, el entusiasmo y la potencia de la  infancia adorable:  algo había en él un poco librado al azar y desordenado. la influencia de la  herencia materna es evidente en su gusto por lo raro;  de ella tenía sin duda el lado “niño” de su carácter; ella explica sus aficiones por lo exótico, sea la “invención” de la escultura negra,  sea la fervorosa defensa del cubismo, su gula de novela picaresca, su amor por el atrezzo romántico de la noche, sus predilecciones literarias: declaraba siempre no haber leído a los autores modernos, pero devoraba los innumerables volúmenes del folletinesco Fantomas y no acababa nunca ni de explicar sus aventuras ni de elogiar la obra.
Con la intuición de los elegidos mediante los cuales la verdad se filtra hasta el hombre, Apollinaire  descubrió el secreto del “paréntesis”:  la creación de estados nuevos del espíritu.  “¡Ah, que la vida es cotidiana!” suspiraba Laforgue. ¡Cómo la vida es lenta y cómo la esperanza es violenta !” repite en eco Apollinaire, treinta años después. Su estética,  su filosofía, es romper lo cotidiano, acoger con alborozo todos los cambios que nos brinde la vida y,  por supuesto, provocarlos.
Apollinaire creaba, pues, espontáneamente, amplios paréntesis de “suprarealidad” en su vida, paréntesis a los que Billy ha llamado “el estado de espíritu apolinario”.
Son, dice “una burla sin hiel expresada con grandilocuencia en un estado de libre exaltación espiritual, una embriaguez lírica,  un acorde sutil e ingenuo con todas las cosas, una comunión fraternal y alegre con el universo. Apollinaire  amaba así, añade, la alegría, y su espectáculo no le bastaba; siempre se esforzaba por tomar parte en ella; amaba el sol, el ruido, las risas, las palabras vulgares y sabrosas del pueblo, y la charla con los obreros.”
Y otro amigo, el poeta Fernando Fleuret:
“En los cafetines singulares que conocía, ilustrados por la calidad de tal licor o por recuerdos literarios -aquí,  Moreas le había hablado de su padre y de su casita de Grecia rodeada de olivos;  allá, se embriagó Verlaine; en aquel rincón el autor de Ubu rey, Alfredo Jarry,  había vertido el tintero en su ajenjo-, se interesaba por las conversaciones de los bebedores en el mostrador, acabando por imaginar acerca de ellos fantásticas aventuras policíacas”. Las chispas de su risa doraron el fondo de su vida, diríamos con un verso suyo.
Como en su obra, puso a puñados  en ella el don de su hada madrina: la fantasía. La biografía de Apollinaire es una larga anécdota. ¡Bienaventurados los artistas que tienen leyenda, porque de ellos será el reino de la gloria! Un gajo de laurel ciñe ya la frente estrellada del poeta de Alcoholes por encima de su “aparato telefónico” de trepanado. Y ante esa imagen sentimos la envidiosa y sonriente simpatía que inspiran quienes supieron abandonar el polvoso y trillado camino  e ir, ligeros y alegres, a campo traviesa.
En rigor, nadie conoció completamente a  Guillaume Apollinaire, “porque ante todo,  dice Fleuret, trataba de seducir, y para agradar mejor se identificaba con su interlocutor. Encontrábamos un poco de nuestros pensamientos en los suyos y, a veces, de nuestras cartas en sus artículos”.
Y Andrés Salmón -el eminente poeta y crítico de arte, íntimo amigo suyo desde que se encontraran en el otoño de 1903 en un cafetín del Boul’ Mich’-, pintando en su estudio La vida de Apollinaire el aprendizaje del poeta como maestro de escuela, dice: “Ya desde entonces gustaba Apollinaire de cierto misterio”.
¡Ese misterio sin el cual no hay poesía! Erudito profundo -en libros raro, aunque ignoraba la obra de indiscutibles glorias-,  acaso haya querido dejar  a las curiosidades de  los eruditos futuros, temas  para las fiebres reposadas  de la busca y para las voluptuosidades  tranquilas del descubrimiento bibliográfico. No se le conocerá bien, en efecto,  hasta que sus comentaristas y biógrafos descubran y expliquen lo que él se divertía en enmarañar. Todavía tarda ese momento: sus amigos, perplejos y mal acostumbrados a su desaparición, cuentan sólo anécdotas y recuerdos.

Nos lo describen físicamente: 

“Era  floreciente en carne  como en espíritu:  robusto de tronco, pequeño de piernas, parecía mayor de lo que realmente era. Tenía la cabeza piriforme, como el  rey Luis Felipe,  y no le gustaba que se lo dijeran. Gran comedor, gran bebedor, gran fumador de pipa, gran andarín, capaz de borrar los estragos de una noche de frasca  con un cuarto de hora de sueño en una silla: ese era el hombre físico. La seducción que emanaba de su persona (y que perdura en sus poemas, que gustan o se desdeñan “porque sí”,  que es como se ama o se odia más profundamente)  se mezclaba a una autoridad riente y bufona;  ponía pompa en sus solemnes truismos.
Poseía un  gran poder de entusiasmo y una  gran facultad de ternura. Otros nos cuentan detalles pintorescos de su vida, en los que el hombre se revela más completamente que en cien líneas descriptivas. “Tenía, dice Billy, la manía de fijar valor mercantil  a todas las bellas puertas de las viejas mansiones burguesas o nobles”. En nuestro México ¿ en qué cifras no hubiera valuado,  perito mercantil de nuevo género, las tallas admirables que nos legó el Virreinato Billy  refiere  también que no abría sus cartas hasta dos o tres meses de recibidas;  y recordamos al  queirociano Jacinto,  cuya correspondencia desdeñada barría cual hojas marchitas,  melancólicamente, el negro Grillo.
A principios del siglo vivía Apollinaire en la casa materna, en el Vesinet, un pueblo de villas y jardines,  suspirada Meca de empleados, a 10 kilómetros de París. Cansado del ambiente y de perder invariablemente el  último tren nocturno,  acabó por instalarse en París,  a poca distancia de donde más tarde había de albergarse el teatro del Gran Guiñol. En el Vesinet conoció a los pintores Wlaminck y Andrés Derain, que formaban la naciente “Escuela de Chauteau”, pueblo inmediato. “De una serie de conversaciones nocturnas entre vecinos -dice Salmón- nació en el la ambición de consagrarse  a la defensa de la pintura moderna”.
Apollinaire fue encarcelado el 7 de septiembre de 1911;  se le acusaba de haber robado… ¡De haber robado La Gioconda  en el Museo de Louvre! Mientras escribía su Balada de la cárcel de Reading, que intituló Apollinaire  en la Salud -la cárcel de París-,  sus amigos reunieron firmas para protestar contra tan absurdo cargo, y habiéndose dirigido a M. Franz Jourdain, presidente de la Sociedad del Salón de Otoño, éste contestó: -¿Mi firma para que suelten a Apollinaire? Jamás. Si fuera para que lo ahorquen, con mucho gusto.
De su estancia de seis días en la  cárcel -el tiempo que fue “necesario” para que le interrogara el Juez de Instrucción y,  convencido del deplorable error de la policía, le pusiera inmediatamente en libertad- Apollinaire guardó una larga impresión de terror, que sus amigos se esforzaron por disipar. “Esa aventura, dice Billy, le hizo entrar en la notoriedad  por la puerta del infierno”.
La prisión de Apollinaire ha dado lugar a torcidas interpretaciones cuando no a fábulas que  mancillan  injustamente su memoria. Así, en un artículo publicado en La Prensa de San Antonio, Texas, el 4 de diciembre de 1928, y reproducido el mismo día por La Opinión de Los Ángeles, California, don Victoriano Salado Álvarez,  aunque tan sabedor de todo, incurrió, entre errores de  menor cuantía, en el de afirmar que,  a consecuencia  de la trepanación, Apollinaire “dio en la cleptomanía. El tribunal del Sena, agregaba, lo condenó por la sustracción de unas estatuillas griegas del Louvre, y según parece su muerte se debió a las contrariedades que le acarreo la sentencia”. Rectificando ése y los demás  errores -debidos, según aclaró el articulista, a la defectuosa información que encontró en algún periódico de Barcelona-  le escribí una larga carta, que, aunque privada, él me hizo el honor de publicar en los citados diarios.
Apollinaire vivió ese ensueño prodigioso, lírico y bufón a la vez, que sólo los poetas saben descubrir en la guerra”.
Y no se crea que la actitud de Apollinaire obedeciera a falta de experiencia:  en 1915 escribía desde el frente Fleuret:
“esta vida es fantástica y todo esto es mucho más extraordinario de lo que yo hubiera creído,  sobre todo las trincheras y las primeras impresiones del primer obús cerca de uno. ¡Eso vale la pena de vivirse!”
En julio del mismo año, en otra carta agregaba: “la guerra es, decididamente, muy hermosa,  y a pesar de todos los riesgos que corro, del cansancio, de la falta absoluta de agua y, en suma, de todo,  en modo alguno estoy descontento de haber venido”.
Y después de herido y trepanado, seis meses antes de morir, publicó en el Mercurio  una nota sobre ciertos poemas en prosa aparecidos bajo el seudónimo de  Bertie Angle, expresándose en estos términos  significativos:
“Este álbum forma parte del corto número de  obras en donde la guerra no está considerada desde el punto de vista de una impecable tristeza. Se trata, sin embargo,  de un testigo. Me place esta pequeña élite de quienes han estado en la guerra y que han podido verla sin malhumor”. ¿La “guerra florida”?… No:  la guerra en encajes, como en el siglo XVIII; o mejor dicho, los aspectos accesorios,  pintorescos, de la guerra: no el infierno del bombardeo y del ataque, de los gases asfixiantes y de los lanzallamas, sino la guerra en su aspecto de gran removedora de hombres. ¡Qué más! Recién trepanado, Appollinaire recibía a sus amigos en el hospital y les mostraba su casco agujereado y el ejemplar de la revista manchado con su sangre;  y al hacerlo, reía…
Una excepción, sin embargo, en su peculiar punto de vista: en carta de abril de 1915 al escritor Farnando Divoire, le dice:  “lo único que me ha dado calosfrío fue,  yendo solo (llevaba órdenes de un punto a otro) por un camino, un aeroplano Taube, que me  parecía estaba precisamente encima de mí y que lanzó una bomba que oí estallar. Eso, es desagradable”… Pero tres o cuatro líneas después, agrega: “oigo con placer el cañoneo y,  como todo el mundo, corro a buscar las espoletas de los obuses que estallan, para hacer anillos, cuando son de aluminio.  Como verás no nos aburrimos demasiado”.
¿Inconsciencia? Sería absurdo suponerlo:  optimismo, que le hacía ver   solamente lo amable o lo pintoresco de todas las cosas.
Bibliografía de Guillaume Apollinare
L’ encahnteur pourrisant, con grabados en madera de Andrés Derain; Kahnveiler, 1909; n.r.f.,  1921 – Lo poésie symboliste, en colaboración con P.N. Roinard y V. E. Michelet; L’Edition, 1909. – L’ hérésiarque et Cie., Stock, 1910; Delamain, 1922. – Le Bestiaire uo Cortege d’Orphée, con grabados en madera  de Raoul Dufy; Delaplanche, 1911;  La sirene, 1918. – Les peintres cubistes, Figuiere, 1912. – Alcools (1898-1913),  con un retrato por  Picasso; Mercure de France, 1913;  n. r. f.,  1920. – Case d’ armons (recogido en calligrammes), Aux Armées de la Republique, 1915. –Le poete assassiné, con un retrato por Andrés Rouveyre; L’ Edition, 1916. – Vitam impendere Amori, con dibujos de Andrés Rouveyre; Mercure de France, 1917. – Les mamelles de Tirésias; música de Germaine Albert-Birot;  dibujos de Serge Férat; Sic, 1918.  –Calligrammes (1913 – 1916); con un retrato por Picasso; Mercure de France, 1918; n. r. f., 1928. – Le  flaneur des deux rives, La Sirene, 1918. – OBRAS PÓSTUMAS: La femme assise, n. r. f., 1920. – Il y a …, Messein, 1925. –

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