Arnoldo es una treta contra el olvido.
Una insistencia azul. Un poco de ceniza
humana, humana, con alas que sabemos
y no vemos. Un día con lluvia y sol
que se ha tornado hombre para venir a hablar
de profecías, de cosas perfectísimas,
de ausencias que se que se pagan con monedas de sangre,
de impertinencias claras como ángeles,
de luchas que no son ya de este mundo
pero que hacen falta cuando abrimos la puerta
y vemos los muchachos subir hacia la vida
convertidos en números de olvido.
Arnoldo Herrera es una treta, amigos.
Un maestro con nieves lejanas en los ojos.
Un maestro con tantas heridas en los ojos.
Un maestro, sin señas. como son los que solo
vinieron a este mundo para soñar las vidas.
Siempre que me lo encuentro me parece que alguien
lo puso aquí entre todos para armar el escándalo
de la luz sobre el mundo . Y siempre me parece
que tuviera un incendio en cada mano.
Un pájaro incendiado en cada mano.
Una noche incendiada en cada mano.
Un mundo que no quiere extinguirse
y que trata en sus manos de arder soñando siempre.
Si alguien me pidiera un nombre para Arnoldo
yo le diría: Camino. Quizás porque lo he visto,
igual que los caminos siempre aquí y siempre allá,
siempre detrás de un cielo,
siempre con algo, algo de polvo en la mirada,
siempre dejando que alguien sobre él busque mundos.
Los hombres se parecen a la niebla.
Llegan un día y ocupan un espacio del cielo.
Se extienden sobre el tiempo
transparentes u opacos buscando lejanías.
Nimban de magia el mundo
o de sombras el prado de la vida.
Empapan de rocío las flores sorprendidas del silencio
o abogan lentamente toda la luz del mundo.
Y un día un viento recio viene de la nada
los disipa de pronto demasiado fugaces.
Los hombres se parecen a la niebla...
Y Arnoldo es una niebla con sol, con golondrinas,
con muchachos, muchachas, que aprenden a fundir
números y poesías, música y espejismos,
química y regocijos. Es un maestro que sabe
la ceguera que nadie puede evitar, el tiempo.
Es un maestro que sabe la lucidez que nadie
debe evitar: amar largamente la vida,
vaticinando el mar que surge de las esquinas,
demostrando el teorema de la paz de la tierra,
la parábola agreste del pájaro en los ojos,
la elíptica extasiada de los vuelos del mundo,
el asombro que sabe reinventar los caminos.
Pero ante todo Arnoldo es un muchacho necio,
insistente, terrible, que golpea ventanas
con los inmensos párpados de la luz que le basta.
Y que suele pedir insatisfecho, eterno,
un poco de canción para enseñarla al mundo.
Y que asusta burócratas en las tardes sombrías.
Y que asombra políticos con un río de fuego.
Y que inventa poetas en las aulas de trigo.
Y que aunque lo veamos muy vestido en su traje
sobrio como el invierno, es un muchacho necio
con pantalones cortos, mirando golondrinas
en complicados cielos, que corre por el campo
de la vida gritando, o cantando, o soñando...
Pero siempre un muchacho con los dedos azules,
olfateando procaz los prados desnudísimos,
detrás de cada estrella que le debe la vida.

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