miércoles, 11 de marzo de 2026

"Arnoldo Herrera", por Laureano Albán (junio 1992)

Arnoldo es una treta contra el olvido.

Una insistencia azul. Un poco de ceniza

humana, humana, con alas que sabemos

y no vemos. Un día con lluvia y sol

que se ha tornado hombre para venir a hablar

de profecías, de cosas perfectísimas,

de ausencias que se que se pagan con monedas de sangre,

de impertinencias claras como ángeles,

de luchas que no son ya de este mundo

pero que hacen falta cuando abrimos la puerta

y vemos los muchachos subir hacia la vida

convertidos en números de olvido.


Arnoldo Herrera es una treta, amigos.

Un maestro con nieves lejanas en los ojos.

Un maestro con tantas heridas en los ojos.

Un maestro, sin señas. como son los que solo

vinieron a este mundo para soñar las vidas.


Siempre que me lo encuentro me parece que alguien 

lo puso aquí entre todos para armar el escándalo

de la luz sobre el mundo . Y siempre me parece

que tuviera un incendio en cada mano.

Un pájaro incendiado en cada mano.

Una noche incendiada en cada mano.

Un mundo que no quiere extinguirse

y que trata en sus manos de arder soñando siempre.


Si alguien me pidiera un nombre para Arnoldo

yo le diría: Camino. Quizás porque lo he visto,

igual que los caminos siempre aquí y siempre allá, 

siempre detrás de un cielo,

siempre con algo, algo de polvo en la mirada, 

siempre dejando que alguien sobre él busque mundos.

Los hombres se parecen a la niebla.

Llegan un día y ocupan un espacio del cielo.

Se extienden sobre el tiempo

transparentes u opacos buscando lejanías.


Nimban de magia el mundo

o de sombras el prado de la vida.

Empapan de rocío las flores sorprendidas del silencio

o abogan lentamente toda la luz del mundo.

Y un día un viento recio viene de la nada

los disipa de pronto demasiado fugaces. 

Los hombres se parecen a la niebla...


Y Arnoldo es una niebla con sol, con golondrinas,

con muchachos, muchachas, que aprenden a fundir

números y poesías, música y espejismos, 

química y regocijos. Es un maestro que sabe 

la ceguera que nadie puede evitar, el tiempo.

Es un maestro que sabe la lucidez que nadie 

debe evitar: amar largamente la vida, 

vaticinando el mar que surge de las esquinas,

demostrando el teorema de la paz de la tierra,

la parábola agreste del pájaro en los ojos, 

la elíptica extasiada de los vuelos del mundo,

el asombro que sabe reinventar los caminos. 


Pero ante todo Arnoldo es un muchacho necio, 

insistente, terrible, que golpea ventanas

con los inmensos párpados de la luz que le basta.

Y que suele pedir insatisfecho, eterno,

un poco de canción para enseñarla al mundo.

Y que asusta burócratas en las tardes sombrías.

Y que asombra políticos con un río de fuego.

Y que inventa poetas en las aulas de trigo.

Y que aunque lo veamos muy vestido en su traje

sobrio como el invierno, es un muchacho necio

con pantalones cortos, mirando golondrinas

en complicados cielos, que corre por el campo

de la vida gritando, o cantando, o soñando...


Pero siempre un muchacho con los dedos azules,

olfateando procaz los prados desnudísimos,

detrás de cada estrella que le debe la vida. 









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